Posteado por: Concha Huerta | 04/09/2009

Resplandor en la hierba

Costa de Guincho. Grupos de nubes bajas sobre el mar como una balsa. Dunas recorridas de brisa fresca. Las 9.30. Palos de hierro en bolsas blancas, azules y negras  repiquetean por el camino de grava. Saludos atenuados por cantos de aves. Manos afables. Las Burners salen a jugar como cada martes.

La mañana transcurre entre golpes y pasos. El campo se abre con el esplendor de la primavera. Acaricio la bola. Fijo la mirada en un tronco solitario al fondo de la calle.  Pinos añejos enmarcan los trescientos cincuenta metros hasta el hoyo 17. El destino del juego. Respiro hondo. Suelto los brazos en un balanceo y el palo silba contra el viento. La esfera se eleva en un vuelo amplio sobre las copas anchas y se funde con el cielo.

Observo su trayectoria con los brazos enroscados en la espalda y  el cuerpo tenso y flexible. Atrás quedaron temores y resentimientos. Los meses entre paredes blancas. La mente perdida en químicos. La soledad ante las máquinas. El cuerpo congelado por goteos y plásticos. Los miembros quebrados en cada paso. El dolor resonando en el silencio.

La bola desciende y se esconde tras unas lomas. Emprendo el camino entre palos y anécdotas de mi nueva compañera. Complicidad y sonrisas. La calidez de la acogida. Recorremos al sol un mar de hierba fresca hasta alcanzar su bola.  Otro golpe certero. Más adelante descubro un destello blanco incrustado en verde. Al borde de la calle, una estaca cruzada por dos líneas amarillas. Un milagro. El vuelo más largo.

oitavosp

Foto: C. Huerta

 

Campo de golf Oitavos Dunes. Quinta da Marinha Original. Cascais. Arquitecto: Arthur Hills. 2001.


Responses

  1. I thought this article was as HOT as the burners!!!

  2. or i should say this article IS as hot as the burners!!!!

    • Tanto entusiasmo y cariño me desbordan.

  3. […] En el hoyo nueve preparo un putt de doce metros ondulado hacia el mar. Imagino un balde de agua colándose en el pequeño hueco y lanzo un golpe que rodea el hoyo a la derecha. La bola rueda despacio, coge velocidad en el desnivel y se precipita en la oscuridad con un golpe seco.  Un milagro. Casi no puedo creerlo. Mafalda cumple su par y nos palmeamos contentas. Terminamos el juego,  tengo que recoger y preparar maletas. Me dejo caer sobre en la hierba. Su trama tupida acoge mi espalda con la suavidad de una chaqueta. De una chaqueta verde y fresca. Mi estancia en Cascáis se agota. No así el recuerdo de un día perfecto sobre la hierba. […]


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