Posteado por: Concha Huerta | 08/11/2009

50 años del Guggenheim

Madrid envuelta en nubes de polvo y nieve. Recorro calles abiertas hasta el Retiro vestido de otoño en busca de vegetación que restaure el aliento. Como los troncos centenarios de Manhattan. El último paseo por Central Park. Robles naranjas y dorados tiñen el lago de trazos impresionistas. Entre dos cuadras, un óvalo luminoso de paredes que se curvan hacia infinito. La silueta inconfundible del Museo Guggenheim de Frank Lloyd Wright cumple cincuenta años. 

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Me enamoré de Wright cuando un Gary Cooper imponente y sosegado se enfrentaba al millonario sin escrúpulos de “El Manantial”. Recuerdo el discurso del arquitecto Howard Roark defendiendo al creador frente a la sociedad de consumo. Pregunté a mi padre qué era un arquitecto. Es alguien que levanta edificios. Pues tendrá manos muy fuertes, contesté convencida. Como las de mi padre, capaz de levantarme con sus palmas anchas sin el menor esfuerzo.  

Leí la novela de Ayn Rand, incondicional del maestro de la arquitectura orgánica, y soñé terrazas en praderas abiertas como Wright, un nombre que me acompañó a través de las décadas. En imágenes de Blade Runner y Black Rain (la casa Ennis-Brown y la fábrica Johnson & Son), con la voz susurrante de Garfunkel en So Long, Frank Loyd Wright, (“Puente sobre aguas turbulentas” Simon & Garfunkel), en colecciones satinadas de hogares privilegiados  entre cascadas y desiertos (Fallinwater, Taliesin). 

Y el Museo Guggenheim cuya apertura en octubre de 1959, tras dieciséis años de bocetos, conmocionó al mundo. El sueño del coleccionista de pintura no-objetiva interpretado por el mejor arquitecto de América. El museo definitivo. Una obra de arte en sí misma que conjuga humanidad y Naturaleza con alegorías geométricas. “El círculo, el infinito; el triángulo, la unidad estructural; la forma helicoidal, la aspiración; la espiral, el progreso orgánico; el cuadrado, la integridad”. (F.Ll.Wright, 1912).

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Fotos: M. da Silva

El Guggenheim. Escenario único que envuelve las almas que traspasan sus puertas. Desde la cúpula hasta la planta baja en un movimiento fluido y elíptico que evita pasillos y aglomeraciones. Detenerse provoca un ligero mareo, el equilibrio moderno no entiende lo oblicuo. Un espacio curvo que se define por el movimiento de los cuerpos dentro de ese espacio. “Me encanta este edificio cuando está vacío, la sensación de misterio creada por vacío, luces y sombras. Me encanta el edificio cuando está ocupado, el sentimiento de celebración que genera. Una celebración de Arte y Arquitectura”. (Diana Agrest. 1994) 

Observo una foto de Frank Lloyd Wright nonagenario sentado al lado de la maqueta del museo que no vio terminado, con su sombrero de ala plana y el bastón entre las manos entrelazadas. Unas manos únicas que dibujaron puentes hacia el  infinito.

 

Frank Lloyd Wright. Museo Guggenheim-Bilbao. Hasta el 14 de febrero de 2.010.


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